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En la mitología viajera el norte es sinónimo de desarrollo, modernidad, tecnificación, ciudades siglo XXI; mientras que el sur, como en la canción de Los Prisioneros, condensa los secretos de lo original, los arcanos de la intimidad cultural y personal, lo arcaico y lo telúrico.
Mentira. Gracias a nuestros viajes, realizados a lo largo de muchos años ya, estamos en condiciones de demostrarle al viajero que el norte, al menos el norte peruano, es un norte pero no para orientarse hacia polos urbanos gigantescos y enfriados, o a espacios perfectamente ordenados y clasificados según el criterio de supermercado que en mucho rige a la modernidad. Nuestro norte, por el contrario, es el territorio de la diacronía y la sincronía. Me explico: si hacemos un corte transversal, sincrónico, en la historia cultural de la zona que va entre Paramonga y la frontera con el Ecuador, encontraremos perfiles de civilizaciones que se sobreimponen unas a otras, pero que dan, en la superficie, evidencias y rezagos de una continuidad que demuestra cómo lo patrimonial sigue palpitando, vivo, y no en museos: en el campo, en los bosques, en los pueblos e incluso en las ciudades grandes, como Trujillo, Chiclayo o Piura. En una gastronomía sin nombre.
Pero si en lugar del corte nos colocamos en una perspectiva diacrónica y observamos la secuencia del tiempo hacia atrás, hacia delante y en el instante que estamos viviendo, habremos de sentirnos parte de ese viento que se lleva los días, los meses, los años, los siglos, y nos envuelve en el velo de una magia que es a la vez lo sublime de las teogonías cruentas y sabias, la mochica, como la risa concreta de una anciana de origen moche que prepara la chicha como hace doscientos años, y nos la invita.
Lo invitamos ahora, viajero, a que recorra un largo norte, el que va de los límites entre Lima y Áncash hasta la frontera con el Ecuador. Somos conscientes de que la idea es demasiado ambiciosa. Pero menos ambiciosa tampoco podía ser: adoramos el norte peruano, allá están nuestras raíces y nuestros mejores viajes de reencuentro con nosotros mismos. Si al lector le pareciera que la información que le damos es insuficiente, lo invitamos a completarla: el internet es una herramienta extraordinaria para ello. Y claro, que nos pase el dato. Muy bien, chape su guía, su carro, su ticket de avión o de bus y al norte peruano se ha dicho, que huele a leña, a comida de campo y de mar, a sol y a luna.
Rafo León |
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