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| Rafo León te invita a una nueva aventura por las rutas del Perú |
Arequipa, viajero, es insondable: imposible llegar al fondo de todo su territorio. Por eso, se merece una guía para ella sola. Es sierra y es costa al mismo tiempo. De hecho, hay instantes en los que la cordillera llega a mojarse con el mar. Gracias a este encuentro y a otros factores es que surgen las lomas más altas del Perú, en Atiquipa. Las playas de Arequipa son rocosas y el océano es salvaje y frío. Distintas a las del norte del Perú, que convocan a placeres más sensuales, las playas de aquí son solitarias y agrestes, como Jihuay, e invocan a un descanso limítrofe con la meditación, el aislamiento y la reflexión conservacionista. En estos escenarios, gente muy emprendedora y generosa se está ocupando de ofrecer un turismo amable con el medio ambiente. Hay que refugiarse en caleta San José para entenderlo. El desierto arequipeño es atravesado por ríos y entonces deja de ser desierto y se convierte en valle. Nosotros visitamos el valle de Majes, el valle del Colca, el valle de los Volcanes y el valle de Vítor. En algunos de ellos, atracarse de camarones. En los altos, conocer esos pueblos colgados del cañón, y sobrevolados por el cóndor, que buscan equilibrar con sensatez el paso del tiempo. Para espíritus inquietos, todos son excelentes para los deportes de aventura. Vamos a Corire, en Majes, y a Vítor por la ruta de la aventura etílica, la ruta del pisco. En Loncco, ya en los alrededores de la capital de la región, conocemos la campiña arequipeña que tantas veces hemos contemplado en la acuarela de algún buen acuarelista. Para cabalgar, pedalear o caminar. Ahora, nos trasladamos hasta un paisaje lunar. Estamos en medio del valle de Andagua, una escenografía prehistórica de lava petrificada. Aquí se levanta el Coropuna, el volcán nevado más alto del Perú. Venga por más aventura. Estamos en el valle de los Volcanes. Por culpa de los temblores generados desde aquí, las edificaciones de los pueblos y la capital se han tenido que levantar una y otra vez. Es que el arequipeño es firme y va contra la corriente. Sobre todo cuando la punta del Misti se distingue blanca desde Arequipa ciudad. Es que ya hemos llegado a la capital. Más allá del turismo, tiene industria moderna, una arquitectura propia colonial y republicana, barroca y, dejémonos de cosas, aquí se come como los dioses. La gastronomía es superlativa y motivo suficiente para hacer el viaje y repetir. Con una vez no es suficiente. Es que Arequipa es Arequipa.
- Rafo León |